En un tiempo largo de mi vida, desolado y deprimido por tantos fracasos… ya mis valores eran salir a los boliches, las fiestas, viajar con amigos a la cancha, a recitales, comer mucho a la vera de una tremenda parrilla, reír de historias asombrosas, y obviamente tomar y drogarme hasta «empalagarme». Pero la culpa al otro día me sumergía en la oscuridad y la desolación. Y no quería ser ese.
Quería estar en paz y armonía conmigo, pero necesitaba tener una mejor escala de valores. Mi guía para sentirme bien y sin cargo de conciencia. Que determine como iba a ser, cuáles serían mis cualidades, y qué clase de persona quería ser.
Yo intentaba quedar bien con todo el mundo. En vez que buscar quedar bien con mis buenos valores. Tuve que hacerme una lista nueva para sostenerme en la recuperación.
Si conocía cuáles eran y los clarificaba «de tanto en tanto», si los sentía con el corazón y actuaba en concordancia, evitaría mucho estrés y malestar. Y sabría si estaba haciendo y diciendo bien o mal.
Para poder dormir más tranquilo y no necesitar «pegarle un batazo a la conciencia» con alcohol, drogas, comidas, o ansiolíticos. Esos tranquilizantes que me mentían la salud y también si no le ponía límites, me enfermaban lentamente.
Para tolerar mis frustraciones, resistir las adversidades, o no ceder a los planes de otros… me hice de mis propios buenos planes. Una vez que los establecí, tuve mas claro que tareas eran urgentes, importantes, o cuáles pueden esperar. Hice una lista, papel y birome en mano, y me ayudo mucho.
Mis valores son fuentes de motivaciones y necesidades. Y eso, con el tiempo, se transformaron en mi conducta habitual. Hacía cosas por decisión y deseo. No, solo porque me manden o satisfaga a otro.
Emanuel Ginobili, el mejor jugador de baloncesto argentino, contó que de chico escuchaba las historias y aventuras de sus amigos, cuando salían a bailar, a pescar o de camping. Se divertían mucho y él no iba porque tenía que concentrar y jugar. Porque estaba convencido de lo que quería y más le valía. Se atuvo a su propósito. Que era jugar al básquet en el más alto nivel. Y para eso tenía que entrenar, alimentarse, y descansar apropiadamente. Vivió en concordancia con sus valores y hoy tiene «las vitrinas llenas» de trofeos y condecoraciones.
Ejemplos de buenos valores pueden ser la honestidad, el sacrificio, la independencia, desarrollo personal, yoga, limpieza, la salud, amor, la generosidad, la meditación, el deporte, la humildad, la gratitud, la empatía, etc. Los elegí, y le di un orden de importancia. Y los valoré y mucho.
También están los anti valores, que pueden ser la droga, el robo, el secuestro, la comida chatarra, el juego, la soberbia, el egoísmo, la intolerancia, la pereza, el odio, o la envidia, etc. Con anti valores seremos normalmente tipos despreciados y complicados.
Trate de hacer lo que me gusta, apasiona, necesitaba, o de última considera importante. «Le disparé» a la amabilidad tóxica. Yo fumaba en los baños de las cocinas gastronómicas cuando era cocinero. Si bien la comida es muy importante y una necesidad básica para todos, ya no quería ponerle ni una aceituna a la pizza.
Y, en mi tratamiento de recuperación de las adicciones, me animé a ejercer el periodismo deportivo, a tener programas de radio deportivos, redactar en un diario, escribir libros de deportes, boxeo, sobre vida sana, y hacer triatlón. Además de dar charlas de prevención de adicciones en las escuelas. Que todo eso me apasionaba, me hacía y hace bien. Por estos motivos debo aferrarme a estos buenos valores. Que me mantienen «vivo y coleando». Y no como los otros, que me tenían solo, triste y temblando.
Escribamos nuestros valores claros y hacerlos conscientes. Bien definidos. Traten de que les apasione. Amen su oficio. Valórenlo. Traten de ser el mejor que puedan. No mejor que este o aquel. Su mejor posible. Su versión dorada. Disfruten de lo que elijan hacer.
Es bueno adecuar, como sea posible, las conductas, los proyectos y las actividades diarias a esos valores. Todo plan y proyecto, tiene que ir medio paralelo al valor que escribimos en ese papel. Y también realista, viable.
Si lo hacemos muy grande será un sueño inalcanzable. Y puede llegar a ser una fuente de estrés y decepción. Que nos provoque solo un tolerable sacrificio e intensa pasión. Así lo sostendremos en el tiempo. Todo esto define quien quiero ser y como recorro este camino. La vida es un camino, no un destino.
FEDERICO MULLER