FEDERICO "LOBO" MULLER

«HABLAR PARA SANAR»

Para no deprimirte ni salir a drogarte ni matarte, tienes que tener y hablar de tus dificultades, frustraciones, emociones, problemas, y finalmente sus metas e ir por ellas, «gurises». Si se quedan en sus casas haciendo «nada» toda la vida, en silencio, van a sentirse muy mal y mirar de reojo un consumo problemático.

Necesitamos tener objetivos. Soñar con una vida linda, feliz, y de logros. Y exponerla. Para no caer en conductas y hábitos enfermos, hay que enfocarse en lo que uno ama y le gusta. No importa qué. Algo que los movilice, que les despierte pasión y sueñen con dedicarse a eso. Por más fácil y sencillo que sea.

Imaginen una vida bien copada y vayan por ella. Soñarla, visualizarla en la mente y en el corazón, pedir ayuda o consejos, así nuestra existencia es más sencilla, copada. No importa tanto lo que sean, importa que lo quieran. Tengan metas y háblenlas.

Sin metas propias, pasamos a ser parte de las metas de los demás. Y nos hace mal. Sentimos esa «falta de control» en «la diaria». Como que somos unos «títeres». Y si no las tienen o no las logran, deben hablar de por qué no las cumplen. ¡Háganse entender! Hablen de «su mundo interno». De lo que no están dispuestos a confiar en cualquiera. Eso sáquense y pónganlo en palabras y que se fugue por el aire. Así reciben consejos y soluciones.

A mí, la hora en el aula no se me pasaba nunca. Solo escuchaba mis pensamientos internos, mis cavilaciones, y mis tormentos. Conversaba conmigo durante horas, sin poder atender en clases.

No tenía pasiones ni hobbies. Dejé de hacer deportes y de hablar con mis papás, amigos, y con las maestras. Me cerré afectivamente. No me abría ni demostraba lo que me sucedía, creyendo que me protegería. Nadie me entendía ni generaba empatía. ¿Cómo me iban a entender si no hablaba de mis pensamientos ni de mis sentimientos?

Tomé muy malas decisiones. Me empecé a juntar con gente de otros barrios, más grandes, y de no muy buenos hábitos. Empecé a fumar, a tomar alcohol, y finalmente, a drogarme. Y nunca pude dejar hasta que me empecé a tratar.

Hablen, chicos, de sus problemas o excesos, porque si no, van a hablar sus cuerpos. Por algún lado, «explota». Yo pensaba todo el día en hacer tonterías. Ir a los jueguitos, fumar, tomar, viajar y escapar.

Mi papá tenía suficiente plata. Y yo la gastaba con mis amigos en «giladas». En nuestros campamentos, viajes o actividades, me intoxicaba a «trochi mochi». Y… bienvenida, resaca. Luego conseguía un dinero y me lo gastaba. No me quedaba ni para los puchos. «Seco como el desierto».

Era «amiguero» para que me tengan afecto. No hablaba de por qué estaba nervioso o desinteresado con todo. Tartamudeaba mucho, tenía como veinte tics nerviosos, rinitis, y me picaba todo. Era susceptible y a veces me atacaba la ira. No le ponía límites a mi cabeza.

No es que no hablara Hablar hablaba. No hablaba en serio de mi «mente demente». Hacía chistes y decía «giladas» todo el tiempo. Era un carismático de bar. Un «borracho de pizzería». Un actor de un personaje pintoresco. Pero lleno de miedos.

No hablaba de que mi mente estaba enferma y se obsesionaba con diálogos secretos. No vivía la vida real, sino que estaba inventando mundos en mi cabeza. Y no los podía detener. No exteriorizaba mi mundo interno. ¡Hasta me dolía la cabeza de tanto cranear! Me empezó a zumbar el oído. Me dolía la garganta. Rinitis crónica en la nariz. Picazón insoportable en la piel.

Los desayunos y las comidas en mi casa los pasaba en silencio. No hablaba si no era en la película interna. Si querían intimar conmigo, chamuyaba, «prendía el casete», y me desaparecía. Llegaba a la noche de deambular en la calle. Y me escondía para que no me huelan, vean, ni sientan.

Mi estado más normal era sentirme mal, luego me drogaba y levantaba un poquito, y finalmente la «hecatombe total». Tics nerviosos, urticaria, dificultades para respirar, aceleración del pensamiento, insomnio galopante, depresión, y soledad.

Luego me iba a convertir en un drogadicto empedernido para aliviar tantos malestares y mambos juntos. Y por veinte años… Hablar es saludable. Siempre hay algo que no están diciendo. El peso de no hablar y tratar sus problemas termina desarrollando un desajuste y un desequilibrio.

Sean quienes gusten ser. Y si no pueden, hablen, y pidan consejos o sugerencias. Muchas veces estamos tan frustrados con nosotros mismos que lo intentamos aliviar con la ira, con chistes fáciles, «agreteando» a los demás, o escondidos detrás de un personaje.

Hagan realidad sus sueños. Energícense. Persíganlos y expongan la «montaña» que por ahí tienen enfrente, entre ustedes y su propósito. Gástenlo al tema, reciban consejos, hasta que quede «así de chiquito» y los libere…

No se queden en el miedo y en la queja eterna. O esperando lo peor del futuro. Porque la peor de las noticias es que siempre se puede estar peor. A menos que estén muertos…

Los pensamientos van a tender a decirles, no hagan las cosas, por preservación. Para que se alivien estos pensamientos, tenemos que tener deseos, hasta que esos pensamientos se adecuen y vayan en armonía y hacia nuestros deseos.

Como decía un coordinador terapéutico: «El que no habla, pierde. Esto es igual al juego de la infancia». Y, «lo que no se dice se maldice».

Hablen de sus pensamientos y sus sentimientos enfermos. Con quienes quieran y tengan confianza. No se escondan como «el lobo feroz». Es el mejor consejo que les puedo dar. Con quienes se sientan a gusto, no importa. Pero háganlo. Es para prevenirlos de males mayores. Mucho más vale prevenir que curar. Se los digo por experiencia personal…

Federico Müller

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