FEDERICO "LOBO" MULLER

CUENTO: «MIS BICICLETAS Y YO»

Estoy en el patio de mi casa, acá vivo desde que tengo diez años. Llueve a cántaros en Concordia y es primavera. Hace rato que no veo el jardín y el cielo tanto tiempo, y conscientemente. Estando en el aquí y ahora. Mirando y escuchando con la mente plena como cae agua «a baldazos» y se tuercen las ramas de los árboles. Agudizo la mirada y me encuentro con mis dos viejas y queridas bicicletas.
Las saque para lavarlas. Pero sostengo la vista en el punto y logro verlas, sentirlas, hablarle, lavarlas, secarlas, y engrasarlas. Estoy combatiendo mi ansiedad, percibiendo sus detalles. Veo un componente, lo toco, los nombro para acodármelo y le pongo un adjetivo. Para tener idea de como están, ya que nunca las miro, pobres, con todo lo que me han dado. Las subo y las piso nomás. Con lluvia, frío, viento, en grupo, solo, y contra viento y marea.
A la GT Pantera la tengo desde el 1989. Es como un Torino tope de gama listo para una carrera. Una reliquia irrompible. Era de mi mamá. Ella le puso un canasto adelante, y dos bolsitos a los costados. Para hacer sus mandados. Es hermosa, nunca la miro y mimo. La ruedo tranquilo sabiendo que llega a destino.
Hoy es mi flete, me lleva a todos lados. Y me levanta el ánimo. Le auguraron la muerte varias veces. Como las palancas estaban dobladas y chocaban con el cuadro… las ablandamos con calor y martillazos. Como el pedalier está barrido, la biela no rodaba y patinaba… No tenía salida… casi que le firmaron el certificado de defunción. Pero le pusimos una prótesis y anda volando. Siempre volvió.
Me piden comprarla, o me sugieren que la cuelgue en el quincho, como decoración, yo le sigo dando andar, por las calles de concordia y alrededores. La gente me saluda en tremendas naves, escuchando música al palo y manejando muy rápido. Yo voy lento, porque no tengo urgencia, voy ganando salud, y muy lejos de sentirme menos.
La otra es una Scott 2013, de carbono, rutera, y en su momento tremenda nave. Corrí como 100 triatlones. Ochenta shorts, veinte olímpicos, y seis medios Iron Man encima de esta. Y millones de quilómetros de entrenamientos. Le di duro. Las hicimos a todas. La he dejado prendida fuego con muy buenos tiempos. La Pantera Rosa hizo historia. Me han colgado de la horqueta también, yendo en mal estado. Es una resiliente y delicada máquina. Vieja, elegante y picante.
Como soy periodista… leo mucho, miro videos, escribo, filmo, opino, busco tutoriales, chateo con los amigos por WhatsApp, busco la mejor bicicleta en Mercado Libre, veo el compacto de futbol, tría, boxeo, pódcast, spoty, Google, Face, Wikipedia, Meta, o le pido al ChatGPT algunos consejos. Escribo, corrijo, edito, corto y confecciono «como un loco». Finalmente, quedo bizco de tantas redes.
Debido a esto, casi no miro caer la lluvia, ni inventos formas con las nubes, ni percibo como crecen las plantas. No priorizo el mundo y sus maravillas. Me llevo puesto la ola tecnológica y sin que me dé cuenta.

¿Qué pasaría si me voy a vivir sin tecnología? ¿Y si me retiro a una cabaña sin electricidad, ni agua caliente, y sin internet? ¿A escribir y pedalear? El mundo analógico como refugio ante el vértigo de la vida digital, con sus constantes distracciones y el ruido de las notificaciones. Que me detonan la cabeza. Todos me bombardean con chistes de geriátrico, reels, tutoriales, propagandas, borrachos de pizzería… y yo con mi trabajo les hago lo mismo. 

Algún día viviría seis meses internado en la montaña con mis bicis y mis libros, y seis meses bajaría a la sociedad a ver a mi familia y amigos, y a mostrar y vender el libro escrito. Qué felicidad me da pensar en ese momento de mi vida sin tecnología. Como cuando voy al campo con mi viejo…

Vuelvo la atención al momento presente, y escucho el silencio, mi reflexión, el arte y esta escritura, con el objetivo de poder escuchar la lluvia y el viento un tiempo más, tocar y sentir mis bicicletas, y encontrar la verdadera esencia. Entrando a una nueva dimensión, sumamente aliviador. 
Estamos teniendo un encuentro real. Con mis bicicletas, con mama, con mi patio de la infancia, el quincho, cuna de grandes veladas. Ahora ya no las quiero vender, ni tirar al río, ni pedalear. Las quiero limpiar, engrasar, y colgar. Darle mimos y mucho afecto. Y decirle que las quiero mucho.
Si el mundo se me cae en cima, que me queden mis bicicletas, y arranco a vagar hasta quedar exhausto. No necesitan más energía que mis músculos, no contaminan, no matan ni aplastan chicos ni perros, y me permiten percibir el mundo con los cinco sentidos. Logrando una experiencia sensorial muy especial.
La vida, dicen en Psicología Social, es como andar en bicicleta. Cuando pedaleas… vas bien… Si dejas de pedalear te caes. Y eso termina siendo enfermedad.
También decía un viejo ciclista que cuando en la vida agarras la bajada a tu favor y vas fuerte tienes que ser precavido y estar atento, bajar un poco la velocidad porque te puedes matar. Y cuando se te pone dura y cuesta arriba… Tienes que agachar la cabeza y empezar a hacer fuerza. En definitiva: «La libertad nunca pasará en bici». Y fue creada en el siglo xv por un tal Leonardo da Vinci.
Federico Muller

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