
Quiero decir que el negocio de la droga, no existiría si el mercado o los desdichados no le dieran razón de ser. A mayor el número de sufrientes, mayor venta.
Hoy, Argentina, es un país de producción de estupefacientes. “Grandes” productores, comerciantes y “distinguidos” empresarios ponen plata e invierten en la industria de la muerte. Con la complicidad de funcionarios del estado, como diputados, y jueces federales.
A veces, la justicia, a los grandes nombres, les mantiene el legajo limpio, le avisan cuando le intervendrán el teléfono, o quien los está investigando. Y la poli hace “la vista gorda” porque esta gente paga mucho por los favores.
Los episodios de violencia y disputas territoriales, donde se manejan a “los corchazos”, aterran a extensas zonas de las periferias de las grandes ciudades.

Matan policías, milicos, funcionarios, presos, seguridad privada, abogados, traficantes, fiscales, políticos, periodistas, etc. Balean, unidades penitenciarias, sedes policiales, tribunales, canales de televisión, restaurantes… No se comen ni la punta y tienen “todas las virtudes”.
Las prisiones son las “universidades” de los narcos. Allí se especializan, conocen e intiman con las autoridades, gozan de escritorios donde planean los “grandes golpes”, y consiguen las “zonas liberadas”, para mandarse “cualquiera”. Obviamente que con el apoyo del equipamiento del estado.

Las órdenes de venta, secuestro, robo, o asesinato son transmitidas personalmente desde sus búnkeres o desde la cárcel, que son los Centros Nacionales del Tráfico de Drogas. También durante las visitas o en comunicaciones telefónicas con celulares ingresados. Muchos cuentan con una tablet donde pueden enviar y recibir mensajes. Y capacitarse en materia de inteligencia táctica, y armado y desarmado de materiales explosivos.
Los narcos y los presos narcos lideran complejas asociaciones ilícitas dedicadas al comercio de estupefacientes, agravadas por la participación de menores de edad y por la intervención de funcionarios públicos. No solo trafican ilícitamente drogas y armas de fuego, sino que aprietan a testigos para que no declaren en su contra, caso contrario los “voltean”.
Las bandas aprovechan las malas condiciones de vida y de detención para fidelizar a sus reclusos, a los que les ofrecen ayuda. El condenado recibe un sueldo, se le pagan los estudios de sus hijos o la manutención de sus parejas. Si alguien se enferma, financia los tratamientos y la atención en institutos privados, además de los medicamentos. Esto genera una gran lealtad, con códigos de conducta extremos. Pero cuando le piden que le mate a siete tipos, lo tiene que hacer…
Las “cooperativas de los narcos” aportan dólares a agentes corruptos con el fin de reventar bandas enemigas, contar con los medios necesarios para continuar, desde sus aguantaderos o sus celdas, comprando, vendiendo, robando, secuestrando, matando: “vamos, la hacemos, y nos vamos”.
El transa, dealer, narco, o puntero, pero un pez gordo, normalmente es un tipo inteligente, carismático, e influyente. Y, para ser respetado, tienen que ser capaz de vender, apretar, robar, secuestrar, torturar, y matar. Hacerlo o mandar a “los muchachos”. Así se fortalece su poder. Ser despiadado y sádico es casi un requisito esencial.
Hoy hay gurises de 15, 16 o 17 años que forman parte de bandas de sicarios. Arrancan consumiendo drogas, luego vendiendo, “tranzan al tranza”, porque le consumen lo que es de ellos, y finalmente se convierten en “soldaditos” del patrón para pagar lo adeudado. Empieza todo para financiar su adicción. Cientos de miles de estos “gurises” que “juegan a la payanca con granadas”.
Chicos muy chicos que andan con ametralladoras y pistolas de “alto voltaje”. Son niños, que con “chumbo” y drogas en mano, se transforman en demonios. Celebran “funerales tumberos” en el cementerio, bailan alrededor del muerto, y repartiendo “confites” por todos lados, y re puestos.
Los pequeños sicarios salen a buscar a sus rivales por los pasillos de los barrios y asentamientos, hasta que los encuentran y “abren fuego”. Y “riegan” la zona de sangre: “que no quede ni uno vivo”.
Pero clavado, que en un par de años están “re limados” y no pueden decir “ni papa al revés”. Y al final, en la cárcel, lloran por su madre y su vida… Cuando los de adentro se los “zarpan” o se los “disfrutan” sexualmente, ya se arrepienten de estar vivos.
Mueren ahí adentro en una gresca, balacera, tortura, garroteada, apuñalada, o podridos. No los meten para recuperarlos, los meten para olvidarlos. El sistema de justicia “cierra la reja y tira la llave”.
Hay que decirles, “gurises”, que el consumo de drogas es causa de pérdida de los ingresos, del aumento de los costos de salud, de la destrucción de las familias, y del deterioro de las comunidades.
La cocaína y sus derivados son estimulantes sumamente anestésicos, adictivos, y que atacan nuestro sistema nervioso central. Te re pegan, mal. Por eso algunos la hemos consumido, aunque luego nos consuma ella a nosotros.

Con el uso prolongado, el deterioro neurológico e intelectual ya se hace muy evidente, parecemos zombis, sucios, con alteraciones pulmonares, pérdida de peso, mirada fría, resentimiento, y enfermedad.
Hay que hablar de la trampa de la droga, prevenir acá en los medios de comunicación, las escuelas, clubes, que ese “remedio” es peor que la enfermedad. Generar conciencia social para que ustedes, los pibes, sepan que hay otras variantes para combatir la desolación, la soledad, el miedo, y las faltas de oportunidades. Dejar en claro de que apuesten a la vida sana, y no a la droga.
Disfruten de su juventud queriéndose mucho, cuidando su cabeza, su cuerpo y su espíritu. Porque si eso nos empieza a funcionar mal, ya nada nos funcionará bien.
Federico Muller

