FEDERICO "LOBO" MULLER

MAXI CURIMA EN «ESTADO PURO»

Conocí al invitado de hoy cuando yo hice tratamiento para mis adicciones durante 3 años en el arte de devolver. Estuve 2 o 3 años limpio y después recaí a un refuerzo de 1 año y nunca más consumí.
En ese refuerzo conocí a este tipo 10 años más chico, treintañero, roquero, fanático de Intoxicados, Callejeros, monobloquero, tatuado, escrachado; le gustaban los deportes al aire libre, correr, remar, filosofar, le gustaba la música y cocinar.

Así que inmediatamente nos hicimos grandes compañeros, amigos, y hoy va a compartir su vida; no tiene desperdicio, tiene alta verba también, está corriendo, está subiendo montaña, en cualquier momento cruza el Everest.

Pudo haber muerto, y esta charla no habría podido ser realidad. Pero la pelea, habla de que es la enfermedad, la recuperación, y cómo sostiene su vida lo más plena y saludable. Hizo un gran trabajo para hoy estar en frente de las cámaras limpio.

Es un tipo de una época y un lugar. Un callejero. Una historia atractiva para contar. De caída, pérdida y recuperación. Cruda y honesta a la vez. Bienvenido, «Maxi» Curima, a «Estado Puro»:

«Federico querido. ¿Cómo estás? Ando medio nervioso porque es la primera vez que me hacen una entrevista. Vine porque no sé decir que no. Es una entrevista que creo que va a sumar, y la hace un amigo. Obviamente, voy a decir que sí. A dar un testimonio de vida. Simplemente compartir una charla, es lindo para el espíritu. Tipo de terapia: como una charla con un amigo en la que te sentabas en la costanera con un mate; antes era con alcohol, hoy es con un mate, con una Coca-Cola. Son distintas veredas, pero la misma idea. De exteriorizar y no sentirnos solos».

A mí me llamaba la atención cómo te confrontaban; existían los grupos de sentimiento, donde te sientan en el medio y, bueno, si vos te mandaste alguna en la semana, ya sabías que te iban a enfrentar los compañeros, como por ejemplo: «Estoy decepcionado con vos, siento bronca, etc». Y hablan de lo que les generaste a ellos.
«Me siento triste porque vos hiciste esto». Y te gritan, expresan lo que sienten y van pasando uno tras otro. Te encaraban y vos absorbías todo eso, ¿cómo procesabas esos momentos?

«El grupo de sentimiento es el que más te ayuda, dicen en el tratamiento; para mí, el que menos me ayudó. Pero tengo otra manera de ver las cosas muy distinta; no puedo igual hablar mal de «El Arte de Volver» porque fue el espacio físico y espiritual que me recuperó. Eso no se lo niego nunca, pero hay normas que a mí me rompían mucho el corazón, me irritaban mucho; no era manera de poner enfrente a un compañero y que te grite si tiene bronca».

«Capaz que está bien, pero no lo compartía. Y las aceptaba. Yo estaba ahí, este, yo fui a pedir una mano ahí; allá hicieron sus reglas. Lo que mayormente aceptaba, a veces no aceptaba, pero no podía dejar de ser yo, lo que uno es como persona. Más allá de que la adicción te trastorna bastante, te aleja justamente de tu persona; yo tenía valores primordiales que no cambiaba».

«Hice un tratamiento de un año, con internación, pero cuando salí me «la di en la pera». Hice desastres. Después empecé en «El Arte». Había perdido a mi familia y a mí principalmente. Me di cuenta de que el consumo me estaba problematizando mi vida justamente cuando dejé de escuchar ese rock and roll. No toleraba el ruido, no puedes decir «buen día», amanece y no quería que amanezca porque estaba ultranervioso, cuando no podía ver a mis familiares, a la cara».
«El consumo empieza a hacer estragos en uno. Y ya después que empezás a consumir de día, no podés esperar ni a la noche. Era un infierno sostener el trabajo y la familia. Te roba la siesta, te roba la tarde, te roba la tardecita, te roba todo. Y está la guitarra que está acá; no sonaba porque no había chance de tocar».

«Entré en una etapa desquiciada; no sé si es la palabra. Muy acelerado mentalmente, muy despegado de la realidad. Muy peleado con todos y conmigo mismo. Despertarte al otro día en el momento en que sea que pueda dormir y ver tu realidad triste, caótica, seca, era un bajón. El otro día, cabeza muy gacha, tristeza, impotencia con uno mismo, intolerancia, insoportable la realidad».

«Después es una adicción; si estás bien, es porque estás bien; si estás mal, es porque estás mal. Hay cosas lindas que te están pasando y no las ves. Estás cegado. Ya absorbido por el consumo. Le robaba a mi hija, a todos, gastaba plata que no tenía. Me levantaba al otro día y era re triste, no saber qué hacer para salir de esa rutina asesina. No había racionamiento». 

«Quise seguir estudiando y se me complicaban los tiempos, tenía que laburar; siempre fue un anhelo el estudio, un sueño.  Ahora estoy aprendiendo música; vengo de tocar, de que me enseñen, porque yo he aprendido bastante solo nomás. Este, y me falta mucha, me falta casi todo, pero está bueno aprender, está bueno hacer cosas, está bueno entretenerse en cosas que te gustan, que te nutren, que no las hiciste en su momento».

«El tratamiento da estructura. Te organiza los tiempos. Sentía presión, presión absoluta. Se aprendió igualmente que esa presión te enseña a poder soportar las presiones de la vida real. Largue el consumo. Te pude aceptar esos límites que me imponían, que es lo que más detesto»

«En un tratamiento con internación, estás aislado, y cuando enfrentas la vida real, lo haces solo. En un ambulatorio tienes la oportunidad de ensayar la vida. Vos salís y te dicen: «Hace así o asa». Si haces bien, seguí; si lo hiciste mal, vení para acá de vuelta. Ahí tenés confrontación de vuelta y vas. Todo el tiempo vas sobre la marcha, ¿me entendés? A ver, cómo agarrar una guitarra y vamos a hacer una canción. Quedó mal, la arreglamos, le sacamos esto y le ponemos lo otro. El ambulatorio tiene esa ventaja. Y es más prolongado el tiempo también». 

«A mí me gusta jugar, hacer chistes; soy muy amigo de mis hijos y de los niños. Me encantan. El adulto es medio traicionero. No tiene eso el niño; nunca sabe la desventaja del otro. Vi un mundo que lastimaba más que te cuidaba. Entonces, voy a elegir siempre ese otro costado de la niñez y estar con los chicos.»

«Los compañeros de tratamiento son esas estrellas que tienen su brillo especial. Vos compartís todos los días de lunes a viernes, ocho horas. Los hice hermanos a esos chicos. Compartes las tristezas más feas, «bro». Las cosas más horribles que hiciste en consumo. Y es lo que te enseña a decir luego: No, no quiero llegar a eso».

«Vivís en una cotidianidad asesina en que uno quiere ir a abrazar a la persona y no podés. Muy fuerte, muy doloroso, estás alienado. Y así como eso es increíble, el tratamiento que tienes, cómo te va devolviendo los vínculos, la credibilidad, la gente se te acerca, se te abren quinientas puertas; antes las tenías a todas cerradas. La puerta más importante que vos tenés que tener abierta es con vos mismo».

«En tratamiento, después hay algunos que se creen más, otros que se creen menos. Obvio, somos humanos; me voy a juntar yo con vos y voy a hablar mal de aquel. Somos un grupo. Bueno, principalmente, en un grupo humano siempre hay palabras de más, palabras de menos, pero el objetivo principal es el de recuperarse, por lo menos en mí, con lo que traté siempre de llevar adelante. Primero está la recuperación; si tenemos que, bueno, vamos a cumplir los límites para recuperarme y, bueno, vamos a hacerlo».

«Yo llego a un punto en que sigo cachivacheando así, sigo poniéndome en riesgo, un día o mato a alguno porque vengo manejando y no sé ni cómo vengo, o me matan a mí o voy a comprar y caigo yo, ¿entendés? Caigo en cana; no hay muchas alternativas. O intento pelear la vida. Yo la quiero, a la vida, la odié bastante, mucho tiempo, pero por odiarme a mí mismo, por no poder resolverla, por no poder enfrentarla y por no saber atravesar el dolor».

«Es un círculo que viste que nunca se termina. Enfermo, que gracias al cielo uno, gracias al cielo pude cansarme; me cansé de estar para el orto. Perdona la mala palabra, pero me cansé de estar muy mal, muy triste, muy oscuro, Federico.»


«Y hoy la vida tiene color; a veces se nubla, a veces llueve como hoy. Pero no le quiero dar chance de ninguna manera, ¿me entendés? Va a aclarar mañana, seguro; vamos a bancar la tormenta. Aprender a quererse. A amarte, eso también me costaba un montón».

«No quería que la gente me quisiera; hasta el día de hoy me da rechazo que me agarren afecto, porque después los voy a lastimar, o que me lastimen. Por ejemplo: Fede, mañana vengo a la entrevista. Mañana no vengo; voy a estar recruzado, pasado tampoco. Y vos me vas a decir: «No pasa nada, lo hacemos otro día», una vez, a lo sumo, dos. Pero a la tercera este «ya fue», ¿me entendes? Defraudando a la gente siempre, o que la gente te defraude a vos. Agarrarse cariño a uno mismo, aprender a valorar la vida de uno fue ahora, este último tiempo».
«Los viajes con el running con el Palomo son grupos terapéuticos porque tengo amistad, tengo afecto. Lo más parecido a un grupo de autoayuda. Sin serlo, sin proponérselo, es un grupo de autoayuda para mí porque yo estuve en un grupo justamente. No estás solo, hay afecto, porque vos, para tener esa contención, tenés que estar internado en una clínica de rehabilitación.»

«Hay un sentido de pertenencia muy grande que el grupo te hace, ¿me entendés? Así como yo sentía pertenecer a estos chicos para recuperarnos, acá pertenecías a un grupo para buscar estar bien, eso, para buscar estar bien, y se busca; la columna vertebral es el trote. Bueno, hacemos tres por uno, qué sé yo, vamos a la pista, vamos a la costanera. Si puedes, metes un viajecito por ahí a lugares increíbles.» 

«Ese vértigo lo busco día a día. Lo necesito. Soy una persona de andar muy apurada, de correr y de treparme a algo. Salirme de la meseta habitual. «Subir una montaña, bien, sanamente». La vida tiene eso. Ese condimento especial, yo lo aprendí a disfrutar. Pedaleando, remando en el río, que es algo fantástico».

«Iba a remar y me iba lejos; después no podía volver, a contracorriente, a las diez de la noche, en el medio del río. Era el doble de esfuerzo. Cuando me cansaba, dejaba, volvía para atrás. Era una escapada de la rutina. Una pausita. Hoy no tengo la necesidad de escaparme de nada. A veces sí, la cabeza está cansada, estás agobiado del día, de la rutina, de la familia o del vecino».

«En el tratamiento, como a los tres años, tuve una recaída. Empecé a tomar alcohol, sin decir nada. Había logrado irme a vivir solo, estaba contento, conseguido mi libertad, depender de mí nomás; eso me generó una satisfacción muy grande. Luego consumí drogas, iba a un bar y me instalaba; estaba haciendo cualquiera. Mi familia se dio cuenta; me levantaba tarde, sin ganas, ido, era un bardo y mentía todo el tiempo, un «Torresol». Tuve que afrontar el retroceso por haber recaído». 

Al final recibió el alta terapéutica; le costó cuatro años y medio. Se fue por la puerta grande. Lo confrontaban, iba todo el día, no le creían, su palabra perdió peso, ajustó las normas, se dejó guiar y progresivamente salió del pozo negro en el que se había metido con mucha presión de los grupos de autoayuda, del terapéutico y su determinación.

«Me costó más tiempo el tratamiento, pero estaba crudo. Me faltaba un «golpe de horno». Hoy enfrento la birra todos los días. Pero ya me mentí y pasó. Quizás no pasa nada hoy, mañana, pero en septiembre sí. Y la vida está muy linda, dulce, rica y hermosa de ser vivida. Hay días nublados, con lluvia como hoy, pero hay soleados y brillantes».

«Es como Messi: perdió finales, copas América, mundiales, no le desistió el chabón. Quería renunciar porque acá en Argentina lo cuestionaban mal. Y finalmente fue campeón. Se hizo feliz a él y nos hizo felices a nosotros. Él, con el plantel que lo apoyaba. Porque nadie puede solo, eso quiero comentar. Nosotros todavía nos juntamos, hablamos, nos reímos Y esas charlas te nutren, son vitamina. Podemos caer igual, pero la charla siempre suma». 

«Uno se ríe y lo más sagrado es la risa, el poder compartirla y poder contagiarla. La droga te roba la sonrisa, te saca el alma; el alcohol, cualquier cosa que nos enajene de nosotros mismos, que no nos permita reír, que no nos permita hacer, no suma».
«Si en algo pudo ayudar, esta entrevista mía en la que mostré mucha risa, que es lo que más soy hoy y es lo que más defiendo, y que por eso es mi límite, ante si me tienta una birra, si me tienta la droga, es que voy a perder mi sonrisa de vuelta y no quiero. Entre todas las otras cosas que voy a perder».

Siempre me doy «unos panzazos» bárbaros cada vez que viene a casa y sabía que íbamos a pasar un buen momento y clavado que la gente que está mirando y leyendo también. Genera buenas vibras, es simpático, y copado. Se metió en el lodo, mostró su lado b, y su costado problemático. Eso tiene un gran valor.  Se mostró sin caretas.

La droga te hace mentiroso, arruina relaciones, te destroza. Es una mentira. Te estás matando. Y el adicto desciende mintiendo. Es una epidemia que toca a casi todas las familias. Esta charla fue de verdad, real. Con un conmovedor testimonio de vida.

Me gustó mucho la entrevista, la disfruté, es elocuente, y se tiró a la pileta de las emociones. Si tenes problemas, pedi ayuda. Se puede. Hay comunidades terapéuticas que saben cómo hacerlo. Tienen vocación y estudiaron para eso.

Al final le pregunté qué es el arte. Y me contestó: «El arte es disfrutar de las pequeñas cosas con amor». «Pone eso, que me gustó un montón, jajaja».

Federico Müller

 

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