Cuando hago bullying, me pongo bardero, hablo en forma cruel y vengativa. Soy como un monstruo que creo que desintegra al otro. Supongo que tiro abajo al que es mi oponente y me levanto yo. Lo que consigo es aislar a la gente. Me voy quedando solo, malo y amargado.
Cuando le reprochamos o amenazamos al que está al lado, le herimos la autoestima de los demás. Pero lo que es más difícil de ver es que herimos nuestra autoestima. Nos enfermamos, nos odiamos y quedé como un tipo complicado.
Dejo una imagen de gente jodida, dañina, y me trae pocos beneficios esa mala fama. Criticar o autocriticarse es hacerse daño. Es restar. Me río un segundo, pero después me quedo vacío, y quedo cada día un poco más solo; me enferma, y puede enfermar a los demás. Termino aislándome de la gente que me rodea.
De última, si me hace mal, me junto con gente que me sume, de valores similares a los míos. El chanta o agreta me va a chantajear. Ya tiene esa manera de operar. Hay que aprender para la próxima, saber con quién trato.
A los demás es más difícil cambiarlos. Yo sí, puedo mejorarme y mucho. Reeducar mi mente y mis actitudes. Me miro para adentro, que siempre algo puedo aprender. Me va a traer mis beneficios. Más ímpetu para hacer las tareas. Yo a mí me puedo cambiar, al otro jamás.
Pero no se estanquen en la crítica o en hacer bullying a los otros. O a ustedes mismos. Si vos bajás a los otros, te bajás a vos. Si subís, te subís a vos. Tenemos que subirnos nosotros y subir a los demás. Si es imposible de subir, ignóralo. No «enterrarlos vivos» con críticas, palizas, e injurias. Hay que ponerse en el lugar del otro también. Para no dañarle el corazón.
Cuando criticamos constantemente, la otra persona puede sentirse atacada, humillada, incomprendida o poco valorada. Eso genera distancia, resentimiento y desconfianza. Y vos podés llegar a dejar de hacer algo que tanto te gusta para no encontrarte con el «oponente». Los juicios rápidos suelen basarse en suposiciones, no en hechos completos. Esto alimenta estereotipos y nos impide entender la realidad del otro con profundidad.
Muchas veces el juicio refleja nuestras propias inseguridades, miedos o valores. En psicología, esto se relaciona con lo que Sigmund Freud llamó “proyección”: atribuir a otros lo que no aceptamos en nosotros.
Cuando alguien se siente juzgado, tiende a ponerse a la defensiva en vez de reflexionar. En cambio, una crítica constructiva abre espacio al aprendizaje. Estar constantemente evaluando y criticando también mantiene la mente en un estado negativo. Tradiciones como el budismo enseñan que el juicio constante genera sufrimiento interno.
Juicio destructivo: Busca señalar errores, humillar o sentirse superior. Crítica constructiva: Busca ayudar, mejorar o aportar algo positivo. La clave está en preguntarte: ¿Lo digo para ayudar o para descargar frustración? ¿Tengo toda la información? ¿Me gustaría que me lo dijeran de esa forma? Emocionalmente, cuando juzgas, te colocas “arriba” o “abajo” de la otra persona. Eso rompe la conexión.
Y los seres humanos necesitamos conexión para sentirnos seguros. Por eso, aunque el juicio dé una sensación breve de control, a largo plazo genera más soledad y distancia. Cuando tu mente está evaluando todo: Comparas constantemente. Buscas defectos. Anticipas errores. Eso activa un estado interno de tensión. No es paz, es vigilancia emocional.
Si criticas a alguien “arrogante”, tal vez te incomoda tu propia necesidad de reconocimiento. Si criticas a alguien “débil”, tal vez te cuesta aceptar tu vulnerabilidad. El juicio, a veces, funciona como un espejo emocional.
Emocionalmente sano no significa aceptar todo. Puedes decir: “Eso no me gusta”. “Eso me hace daño”. “No quiero esto en mi vida”. La diferencia es que el límite sano no necesita atacar ni desvalorizar. Criticar no es “malo” moralmente. Pero cuando nace de heridas no resueltas, termina aumentando inseguridad, desconexión y tensión interna. En cambio, cuando aprendes a observar lo que sientes antes de juzgar, ganas algo muy poderoso: autoconciencia.

