
Yo empezaba a consumir vino con la comida, luego cigarrillos, y más tarde cocaína. Una raya, otra raya, y así se me iba la bolsa y la vida. Buscaba otro consumo más, otro más, y en donde sea.
Hasta que se me pasaba la noche y me agarraba el día. No podía volver a mi casa porque quería más y estaba en condiciones paupérrimas. Veía que eran las seis, faltaba para que amanezca, luego las siete, «todavía no salieron mis viejos de la cama», me decía. «Huy, las ocho, deben estar por irse a trabajar, pero no se dieron cuenta de que falto», y yo no sé ni donde estoy. Y… ¿En qué zona estará este aguantadero en el que me metí? Mi vieja y mi viejo se deben querer morir… ¿Como hago para presentarme en condiciones al trabajo esta tarde? Y esto acá me secuestró el alma.
«¿Qué hago, que consumo, donde puedo volver a conseguir más drogas? Y encima no tengo un mango… Y estos que están acá… menos, crocantes de seco. Le vendí el alma al diablo. Tengo un pozo ciego en el pecho», rumiaba.
Qué puñalada era cuando venía aclarando el día mal, los estudiantes se iban a la escuela, los obreros a la construcción, las secretarias a la oficina, los comerciantes a los negocios, los cosecheros a los campos, todos con la cotidianeidad de sus vidas. Y uno re loco y fisura. ¿Cómo transitar el día con dignidad?
Luego venía el tiempo de conseguir una cueva, más merca, pucho, alcohol, faso, y seguir para levantar. Me la jugaba mal, en la ruleta de las anestesias. ¿Dónde conseguía plata y un loco que la venda? ¿Y un lugar para pasar la jornada? Nada conformaba, nada era suficiente. No me aguantaba el mambo negro, no poder dormir, y soportar la angustia mía, de mis jefes, y la de mis viejos. Necesitaba algo que calle el parloteo y el diálogo interno. Y lo único que sabía era conseguir «merca».
Un reducto para poder seguir cocinándome en mi propio infierno. Cuando se me cruzaba la imagen de mis padres y amigos me dolía demasiado. La realidad se asomaba y me hablaba, no podía permitir que se me caiga arriba de la cabeza ese tormento… Eso me aterraba, el encontrarme y abrazarme al dolor. Perdido por perdido: «Hoy me voy hasta el fin, al corazón del infierno. Que espere el final infeliz. Que siga mi película de terror». Decir que venía jugado, es decir, muy poco.
Necesitaba más drogas para que no se baje el efecto, ya cuando asomaba la culpa me quemaba por dentro. «Voy intoxicando en mi auto. Perdido, no sé donde puede haber más consumo y donde me meto luego. En el auto perseguido. Cualquier lugar menos en casa o en el trabajo viendo gente angustiada, triste, que me juzgue y que me grite». Llegaba un momento que todos era jueces y policías, el mundo me perseguía. Más paranoico que un ratón es un merquero como yo.
Llegaba más temprano que tarde a la tortura mental, al final del camino. ¿Si me busca alguien y me entrego? Ni en pedo. Sigo con esto. ¿Qué hay para robar, empeñar? Qué tramoya voy a realizar. Pido plata y sigo. Robo y persisto. No sé si estoy en Concordia o en Vegas. Me siento «Tony» Montana, me siento un Gánster, y si me falta me siento una cucaracha. El sol pega y mal. Sigo por un arrabal. Conseguí falopa, pucho y chupi, pero no puedo tapar el vacío negro y lleno de basura que tengo.
Más ansioso, más remedio. ¿Qué me puedo encajar para levantar de nuevo? No pega nada. Cuarenta metros bajo tierra. No puedo ir a casa, al club, a entrenar, ni a laburar. Encerrado en mi auto. Ahora pastas para bajar, uno, dos, o tres ribos no me van a «venir mal» para sacarme tanta infelicidad. Pero ni eso tengo. Voy a ir a dar lástima a lo de un médico amigo.
Voy y empeño la bicicleta, la bordadora, le secuestro vino a papa, le detono la tarjeta, luego pido prestado en la financiera, en lo de un amigo, le pido al transa, insisto, persisto, estoy a un virulazo de salir del ocaso. Ya es de tarde, ya conseguí ribo, merca, pucho, chupi, menos bulo. Sigo en mi auto perseguido, alunado, y viendo cosas que no existen. Es retarde y no sé lo que hago. Me meto en un hotel y me sacudo. Ya llego la noche y cumplo veinticuatro horas de pánico y locura en Concordia. Voy a fondo escapando de mi dolor. Ya no tengo esperanzas de nada. Si no consigo una bolsa arpillera de merca milagrosa que me ayude… Ya nada me levanta, no me pega. No aguanto más. Y atrás «deje el tendal».
Es de madrugada y no sé si morir, llorar. Visite a este, aquel, tengo las puertas abiertas de muchos lados, pero qué vergüenza, mejor me quedo encanutado en el auto. Me llevo de los pelos el «ángel de la soledad y de la desolación». Llevo dos días dándome como en la guerra. Falte a todas las responsabilidades. Esa raya de merca que prometía ahora me traiciona, no me da nada.
Hola resaca, mambo negro, paranoia, psicosis, harto de ver el plato, la tarjeta, los canutos, las colillas en los ceniceros, los puchos, el vaso de lo que sea, y gente «puesta». Qué olor a muerte. Qué oscuridad en mi pozo negro sin fondo.
Es hora de volver a casa, con papa. Que me rescate el alma. El sol se escondió de nuevo, ya no sé qué es mejor. Nada me conduce a una buena emoción. ¡Qué pedazo de angustia! Buscando emociones hice un desastre. Hoy estoy gris, sin vida. Soy un envase vacío.
La vida por mi cama perfumada, mi perro, mi pijama. Estoy en el abismo, un abrazo de papa es lo único que pido. Huguito, abrázame que me quiero morir. Le vendí el alma al diablo. Arruine mi corazón. Jornada maldita. La caravana me arranco el espíritu. Tirame la toalla. Contame hasta cien. Dejame en la lona, que cuando me despierte, me levanto, y me rescato. Teneme fe que voy a volver.
Federico Müller

